¿Qué importancia puede tener que yo me atormente, que sufra o que piense? Mi presencia en el mundo no hará más que perturbar, muy a mi pesar, algunas existencias tranquilas y turbar —más aún a mi pesar— la dulce inconsciencia de algunas otras. A pesar de que siento que mi propia tragedia es la más grave de la historia —más grave aún que la caída de los imperios o cualquier derrumbamiento en el fondo de una mina—, poseo el sentimiento implícito de la nimiedad y de mi insignificancia.
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14/11/12
2/11/11
Cioran
Para usted que ya no la tiene, la libertad es todo. Para nosotros que sí, es meramente una ilusión.
27/10/11
E.C.
El equívoco del amor viene de que uno es feliz e infeliz al mismo tiempo; el sufrimiento iguala la voluptuosidad en un torbellino unitario. Es por eso que la desgracia en el amor crece a medida que la mujer comprende, y, por ende, ama mucho más. Una pasión sin límites hace lamentar que los mares tengan fondo, y es en la inmensidad del azul donde uno sacia el deseo de inmersión en lo infinito. Al menos, el cielo no tiene fronteras y parece estar a la medida del suicidio.
23/10/11
Cioran
Para usted que ya no la tiene, la libertad es todo.
Para nosotros que sí, es meramente una ilusión.
Para nosotros que sí, es meramente una ilusión.
28/5/11
Me seducen las distancias lejanas:
Me seducen las distancias lejanas, el inmenso vacío que proyecto sobre el mundo. Crece en mí una sensación de vaciedad; se infiltra en mi cuerpo como un fluido ligero e impalpable. En su avance, como una dilación hasta el infinito, siento la presencia misteriosa de los sentimientos más contradictorios que ha acogido jamás el alma humana. Soy feliz e infeliz a la vez. Estoy exaltado y deprimido, desbordado por el placer y la desesperación en la más contradictoria de las armonías. Estoy tan alegre y tan triste que en mis lágrimas se reflejan el cielo y la tierra al mismo tiempo. Aunque sea solamente por la alegría de mi tristeza, querría que no hubiera más muerte en esta Tierra. "
de: En las cimas de desesperacion
13/2/11
La gente me produce asco:
tengo asco hasta de mi mismo. Deseo una destrucción completa de todo lo humano, incluidos ellos e incluido yo, ya que no soy especial ni mejor que ellos. Soy una mierda más puesta en este mundo sin mi aprobación.
27 años son más que suficientes para poder soportar todo este absurdo que me rodea y que me invade, es suficiente para ver que todo lo que hacemos no servirá de nada, que ningún sentido tiene seguir sufriendo y siguiendo una rutina estúpida que no nos conduce a nada. Mierda de vida, mierda de sociedad, mierda de gente, mierda de sistema,... MIERDA, mi palabra favorita, sólo ella es capaz de describir sin esfuerzo mis pensamientos.
Madrugo por las mañanas y pienso con ironía: "¡Bien, otro día más sobre este planeta!. Levantémonos, vamos a producir la ración de basura de hoy.". Me levanto, no sin un gran esfuerzo de voluntad (la cual hay que reconocer es considerable, me pregunto de dónde sale), toso (el tabaco dicen que mata, poco a poco). Salgo de casa, con ojos dormidos, mi mente todavía atontada, los cascos de mi discman en mis oídos (la música es lo único que soporto a esas horas, y casi es lo único que soportaría a cualquier hora). Me dirijo con paso raudo a la estación de tren, que me llevará a mi y al resto de las abejas obreras a esos campos de concentración mal llamados empresas. Cuando llego, mi cara (ya con un rictus de amarga tristeza) empeora hacia un enfado que no puedo dirigir contra nadie, porque nadie es culpable y al mismo tiempo, lo somos todos y hacia todos lo dirijo. No hablo, apenas saludo (¿Buenos días?, no para mi, desde luego), me siento en mi cubiculo, en mi celda. Aun encima, es verano, hace calor, y el aire acondicionado crea una malsana atmósfera artificial que perjudica más mis pulmones, ya jodidos por el tabaco.
Al cabo de un rato, llega el jefe, ese temible bastardo, que se cree algo, que se cree que nos posee, cuando realmente no tiene nada, realmente no es nada, nada más que otra mierda con patas que camina con una falsa seguridad en si mismo. Me río de su seguridad, me río de su ficticio poder, porque cuando la muerte llega (y afortunadamente siempre llega) nada de lo que tiene o cree tener, le va a impedir pudrirse bajo tierra entre los gusanos.
Tomo un café, el estimulante que necesito para mantenerme despierto y no caer en el sopor del aburrimiento, y en un sueño que trata de apoderarse de mi ser. Un sueño que realmente seria bienvenido, y mejor aprovechado que estas horas muertas de mi vida que paso aquí encerrado entre estas cuatro paredes mugrientas.
¿Por qué no dejarlo?, ¿por qué no escapar?... sí, suena bien... ser libre, romper las cadenas... pero es irreal. Si sigo vivo (cosa que continuamente me planteo) y tal como están las cosas, necesito dinero para comer, pagar una vivienda, ... Y no me pienso convertir en un vagabundo, porque ya es bastante dura y asquerosa la vida como para aún encima tener que depender de la caridad humana. No, para ser libre realmente, sólo hay una solución: la muerte. Aunque no haya nada después de ella, cosa que no sé, es la única salida para ser libre, realmente libre. Se terminan entonces las ataduras, trabajar, pagar, llorar, sufrir, reír, soñar, enfermar, el miedo, el amor, el odio, ... Sólo necesito el método adecuado y podré hacerlo, porque hasta ahora, he fallado.
Pensándolo bien, no me hubiese importado nacer si en lugar de ser humano, con su supuesta inteligencia, hubiese nacido animal. Cualquiera, me es indiferente: desde una mosca hasta un elefante... Pero al fin y al cabo, animal, ser que sólo existe y vive, no se preocupa de mañana, no se preocupa de lo que hizo ayer. Para él solo existe el ahora, un ahora que cambia según sus necesidades: comer, procrear, descansar, ... Así debiera ser nuestra vida: vivir el ahora, sin preocuparnos de nada más, sin tantas normas, sin tantas complicaciones, sin tantas fronteras, ... Ser, existir, vivir, nada más... No deberíamos pensar tanto, los que lo hacemos y los que no, felices ellos porque de ellos es el reino de la felicidad y la ignorancia (eternas compañeras).
Soy egoísta, dicen, y lo reconozco. Sólo pienso en mi, no hago más que quejarme, sin pensar en que los demás también sufren... Pues si también sufren y quieren acabar con esa agonía, ¿qué coño estamos haciendo?, ¿por qué no nos ponemos de acuerdo y lo cambiamos todo? o mejor, ¿por qué no nos ponemos de acuerdo y nos auto exterminamos todos?.
¿Por qué me siento tan asfixiado? ¿por qué tan aislado? ¿por qué tan agobiado?... ¿Quién me ha enseñado a ser así?, ¿por qué he elegido este camino de penuria y sufrimiento?... ¿Alguien me podría ayudar?, sólo me gustaría ser idiota para no preocuparme tanto, o ser tan inteligente que desde mi superioridad no me afecte tampoco la mediocridad y la rutina. ¿Alguien tiene la sabiduría? ¿alguien la llave de la tranquilidad?... No quiero morir, pero tampoco vivir así, y no existe punto intermedio, o mejor dicho, sí que existe y en él estoy: malviviendo, una especie de zombi, un muerto en vida que no se decide por ninguno de los dos caminos porque no es capaz de llegar a ninguno de ellos. Soy así desde muy joven, casi podría decir que desde que tengo uso de razón. Es demasiado tiempo para sufrir. Siempre pensaba que cuando creciese, la madurez y la experiencia me ayudarían y vería la luz al final del túnel, incluso (era demasiado romántico todavía) que el amor podría sacarme de la oscuridad, pero el tiempo pasó, los amores también,... y nada me ha ayudado, nada ni nadie, porque he llegado a la conclusión de que si hay salida (cosa que ya dudo) debería estar dentro de mi y que si no la he encontrado es porque esa salida no existe.
9/12/10
6/12/10
La muerte sólo tiene sentido para quienes han amado apasionadamente la vida. ¡Morir
sin dejar aquí nada...! El desapego es una negación tanto de la vida como de la muerte.
Quien ha superado el miedo de morir, ha triunfado también sobre la vida, la cual no es
más que el otro nombre de ese miedo.
No expirando en la cama, los mendigos no mueren, por así decirlo. Sólo se muere
horizontalmente, durante esa preparación en la que el vivo supura la muerte. Cuando
nada nos une a un lugar, ¿qué nostalgias podríamos tener en los últimos instantes?
¿Habrán escogido los mendigos su destino para no tener nostalgias que les torturen en la
agonía? Errantes en la vida, continúan siendo vagabundos en la muerte.
29/11/10
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Frente al hombre abstracto, que piensa por el placer de pensar, se alza el hombre
visceral, el pensador determinado por un desequilibrio vital que se sitúa más allá de la
ciencia y del arte. Me gustan los pensamientos que conservan un aroma de sangre y de
carne. Los hombres no han comprendido aún que la época de las preocupaciones
superficiales e inteligentes se ha acabado y que el problema del sufrimiento es
infinitamente más revelador que el del silogismo, un grito de desesperación infinitamente
más significativo que una observación sutil... ¿Por qué nos negamos a admitir el valor
exclusivo de las verdades vivas?
visceral, el pensador determinado por un desequilibrio vital que se sitúa más allá de la
ciencia y del arte. Me gustan los pensamientos que conservan un aroma de sangre y de
carne. Los hombres no han comprendido aún que la época de las preocupaciones
superficiales e inteligentes se ha acabado y que el problema del sufrimiento es
infinitamente más revelador que el del silogismo, un grito de desesperación infinitamente
más significativo que una observación sutil... ¿Por qué nos negamos a admitir el valor
exclusivo de las verdades vivas?
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26/7/10
de: Brevario de podredumbre
En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado... Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas.
Idólatras por instinto, convertimos en incondicionados los objetos de nuestros sueños y de nuestros intereses. La historia no es más que un desfile de falsos Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del espíritu ante lo Improbable. Incluso cuando se aleja de la religión el hombre permanece sujeto a ella; agotándose en forjar simulacros de dioses, los adopta después febrilmente: su necesidad de ficción, de mitología, triunfa sobre la evidencia y el ridículo. Su capacidad de adorar es responsable de todos sus crímenes: el que ama indebidamente a un dios obliga a los otros a amarlo, en espera de exterminarlos si rehúsan. No hay intolerancia, intransigencia ideológica o proselitismo que no revelen el fondo bestial del entusiasmo. Que pierda el hombre su facultad de indiferencia: se convierte en asesino virtual; que transforme su idea en dios: las consecuencias son incalculables. No se mata más que en nombre de un dios o de sus sucedáneos: los excesos suscitados por la diosa Razón, por la idea de nación, de clase o de raza son parientes de los de la Inquisición o la reforma. Las épocas de fervor sobresalen en hazañas sanguinarias: Santa Teresa no podía por menos de ser contemporánea de los autos de fe y Lutero de la matanza de los campesinos. En las crisis místicas, los gemidos de las víctimas son paralelos a los gemidos del éxtasis... Patíbulos, calabozos y mazmorras no prosperan más que a la sombra de una fe, de esa necesidad de creer que ha infestado el espíritu para siempre. El diablo palidece junto a quien dispone de una verdad, de su verdad. Somos injustos con los Nerones o los Tiberios: ellos no inventaron el concepto de herético: no fueron sino soñadores degenerados que se divertían con las matanzas. Los verdaderos criminales son los que establecen una ortodoxia sobre el plano religioso o político, los que distinguen entre el fiel y el cismático.
En cuanto nos rehusamos a admitir el carácter intercambiable de las ideas, la sangre corre... Bajo las resoluciones firmes se yergue un puñal; lo ojos llameantes presagian el crimen. Jamás el espíritu dubitativo, aquejado del hamletismo, fue pernicioso: el principio del mal reside en la tensión de la voluntad, en la ineptitud para el quietismo, en la megalomanía prometeica de una raza que revienta de ideal, que estalla bajo sus convicciones y la cual, por haberse complacido en despreciar la duda y la pereza vicios más nobles que todas sus virtudes , se ha internado en una vía de perdición, en la historia, en esa mezcla indecente de banalidad y apocalipsis... Las certezas abundan en ella: suprimidlas y suprimiréis sobre todo sus consecuencias: reconstituiréis el paraíso. ¿Qué es la Caída sino la búsqueda de una verdad y la certeza de haberla encontrado, la pasión por un dogma, el establecimiento de un dogma? De ello resulta el fanatismo tara capital que da al hombre el gusto por la eficacia, por la profecía y el terror , lepra lírica que contamina las almas, las somete, las tritura o las exalta... No escapan más que los escépticos (o los perezosos y los estetas), porque no proponen nada, porque verdaderos bienhechores de la humanidad destruyen los prejuicios y analizan el delirio. Me siento más seguro junto a un Pirrón que junto a un San Pablo, por la razón de que una sabiduría de humoradas es más dulce que una santidad desenfrenada. En un espíritu ardiente encontramos la bestia de presa disfrazada; no podríamos defendernos demasiado de las garras de un profeta... En cuanto eleve la voz, sea en nombre del cielo, de la ciudad o de otros pretextos, alejaos de él: sátiro de vuestra soledad, no os perdona el vivir más acá de sus verdades y sus arrebatos; quiere haceros compartir su histeria, su bien, imponérosla y desfiguraros. Un ser poseído por una creencia y que no buscase comunicársela a otros es un fenómeno extraño a la tierra, donde la obsesión de la salvación vuelve la vida irrespirable. Mirad en torno a vosotros: Por todas partes larvas que predican; cada institución traduce una misión; los ayuntamientos tienen su absoluto como los templos; la administración, con sus reglamentos metafísica para uso de monos... Todos se esfuerzan por remediar la vida de todos: aspiran a ello hasta los mendigos, incluso los incurables; las aceras del mundo y los hospitales rebosan de reformadores. El ansia de llegar a ser fuente de sucesos actúa sobre cada uno como un desorden mental o una maldición elegida. La sociedad es un infierno de salvadores. Lo que buscaba Diógenes con su linterna era un indiferente...
Me basta escuchar a alguien hablar sinceramente de ideal, de porvenir, de filosofía, escucharle decir «nosotros», con una inflexión de seguridad, invocar a los «otros» y sentirse su intérprete, para que le considere mi enemigo. Veo en él un tirano fallido, casi un verdugo, tan odioso como los tiranos y verdugos de gran clase. Es que toda fe ejerce una forma de terror, tanto más temible cuanto que los «puros» son sus agentes. Se sospecha de los ladinos, de los bribones, de los tramposos; sin embargo, no sabríamos imputarles ninguna de las grandes convulsiones de la historia; no creyendo en nada, no hurgan vuestros corazones, ni vuestros pensamientos más íntimos; os abandonan a vuestra molicie, a vuestra desesperación o a vuestra inutilidad; la humanidad les debe los pocos momentos de prosperidad que ha conocido; son ellos los que salvan a los pueblos que los fanáticos torturan y los «idealistas» arruinan. Sin doctrinas, no tienen más que caprichos e intereses, vicios acomodaticios, mil veces más soportables que el despotismo de los principios; porque todos los males de la vida vienen de una «concepción de la vida». Un hombre político cumplido debería profundizar en los sofistas antiguos y tomar lecciones de canto; y de corrupción...
El fanático es incorruptible: si mata por una idea, puede igualmente hacerse matar por ella; en los dos casos, tirano o mártir, es un monstruo. No hay seres más peligrosos que los que han sufrido por una creencia: los grandes perseguidores se reclutan entre los mártires a los que no se ha cortado la cabeza. Lejos de disminuir el apetito de poder, el sufrimiento lo exaspera; por eso el espíritu se siente más a gusto en la sociedad de un fanfarrón que en la de un mártir; y nada le repugna tanto como ese espectáculo donde se muere por una idea... Harto de lo sublime y de carnicerías, sueña con un aburrimiento provinciano a escala universal, con una Historia cuyo estancamiento sería tal que la duda se dibujaría como un acontecimiento y la esperanza como una calamidad...
El anti profeta
En todo hombre dormita un profeta, y cuando se despierta hay un poco más de mal en el mundo... La locura de predicar está tan anclada en nosotros que emerge de profundidades desconocidas al instinto de conservación. Cada uno espera su momento para proponer algo: no importa el qué. Tiene una voz: eso basta. Pagamos caro no ser sordos ni mudos...
De los desharrapados a los snobs, todos gastan su generosidad criminal, todos distribuyen recetas de felicidad, todos quieren dirigir los pasos de todos: la vida en común se hace intolerable y la vida consigo mismo más intolerable todavía: cuando no se interviene en los asuntos de los otros, se está tan inquieto de los propios que se convierte al «yo» en religión o, apóstol invertido, se le niega: somos víctimas del juego universal...
La abundancia de soluciones a los aspectos de la existencia sólo es igualada por su futilidad. La Historia: Manufactura de ideales... , mitología lunática... frenesí de hordas y de solitarios, rechazo de aceptar la realidad tal cual es, sed mortal de ficciones...
La fuente de nuestros actos reside en una propensión inconsciente a considerarnos el centro, la razón y el resultado del tiempo. Nuestros reflejos y nuestro orgullo transforman en planeta la parcela de carne y de conciencia que somos. Si tuviéramos el justo sentido de nuestra posición en el mundo, si comparar fuera inseparable de vivir, la revelación de nuestra ínfima presencia nos aplastaría. Pero vivir es cegarse sobre sus propias dimensiones...
Si todos nuestros actos, desde la respiración hasta la fundación de imperios o de sistemas metafísicos, derivan de una ilusión sobre nuestra importancia, con mayor razón aún el instinto profético. ¿Quién, con la exacta visión de su nulidad, intentaría ser eficaz y erigirse en salvador?
Nostalgia de un mundo sin «ideal», de una agonía sin doctrina, de una eternidad sin vida... El Paraíso... Pero no podríamos existir un instante sin engañarnos: el profeta en cada uno de nosotros es el rasgo de locura que nos hace prosperar en nuestro vacío.
El hombre idealmente lúcido, luego idealmente normal, no debería tener ningún recurso fuera de la nada que está en él... Me parece oírle: «Desgajado del fin, de todos los fines, no conservo de mis deseos y mis amarguras sino las fórmulas. Habiendo resistido a la tentación de sacar conclusiones, he vencido al espíritu, como he vencido a la vida por el horror a buscarle una solución. El espectáculo del hombre ¡qué vomitivo! El amor , un encuentro de dos salivas... Todos los sentimientos extraen su absoluto de la miseria de las glándulas. No hay nobleza sino en la negación de la existencia, en una sonrisa que domina paisajes aniquilados. (En otro tiempo, tuve un «yo», ahora no soy más que un objeto. Me atraco de todas las drogas de la soledad; las del mundo fueron demasiado débiles para hacérmela olvidar. Habiendo matado el profeta en mí, ¿cómo conservaré aún un sitio entre los hombres?)».
En el cementerio de las definiciones
Tenemos fundamento para imaginarnos un espíritu gritando: «Todo carece para mí ya de objeto, pues he dado las definiciones de todas las cosas»? Y si podemos imaginarlo, ¿cómo situarlo en la duración?
Soportamos tanto mejor lo que nos rodea porque le damos un nombre y nos desentendemos de ello. Pero abarcar una cosa con una definición, sea lo arbitraria que sea y tanto más grave resulta cuanto más arbitraria, pues el alma se adelanta entonces al conocimiento , es rechazarla, volverla insípida y superflua, aniquilarla. El espíritu ocioso y vacante y que no se integra en el mundo más que a favor del sueño , ¿en qué podría atarearse sino en ensanchar los nombres de las cosas, en vaciarlos, y en substituirlos por fórmulas? Después evoluciona sobre escombros; no más sensaciones; sólo recuerdos. Bajo cada fórmula yace un cadáver: el ser o el objeto mueren bajo el pretexto al que dieron lugar. Es el desenfreno frívolo y fúnebre del espíritu. Y ese espíritu se ha derrochado en lo que ha nombrado y circunscrito. Enamorado de los vocablos, odiaba los misterios de los silencios pesados y los volvía ligeros y puros: y él mismo llegó a ser ligero y puro, puesto que aligerado y purificado de todo. El vicio de definir ha hecho de él un asesino gracioso y una víctima discreta.
Y es así como se ha borrado la mancha que el alma extendía sobre el espíritu y que era lo único que le recordaba que estaba vivo.
Civilización y frivolidad
¿Cómo soportaríamos la masa y la profundidad gastada de las obras y de las obras maestras, si espíritus impertinentes y deliciosos no hubieran añadido a su trama las franjas de un desprecio sutil y de primaverales ironías? Y ¿cómo podríamos soportar los códigos, las costumbres, los párrafos del corazón que la inercia y el bienestar han superpuesto a los vicios inteligentes y fútiles, si no existieran esos seres regocijantes cuyo refinamiento coloca juntamente en las cumbres y al margen de la sociedad?
Es preciso estar agradecidos a las civilizaciones que no han abusado de lo serio, que han jugado con los valores y que se han deleitado en engendrarlos y destruirlos. ¿Se conoce fuera de las civilizaciones griega y francesa una demostración más lúcidamente festiva de la elegante nada de las cosas? El siglo de Alcibíades y el siglo XVIII francés son dos fuentes de consuelo. Mientras que no es hasta su último estado, hasta la disolución de todo un sistema de creencias y costumbres, cuando las otras civilizaciones pudieron gustar del ejercicio alegre que presta un sabor de inutilidad a la vida. En plena madurez, en plena posesión de sus fuerzas y de su porvenir, esos dos siglos conocieron el hastío despreocupado de todo y permeable a todo. ¿Hay mejor símbolo de esto que Madame Deffand, vieja, ciega y clarividente, que, aun execrando la vida, gusta sin embargo de los recreos de la amargura?
Nadie alcanza de buenas a primeras la frivolidad. Es un privilegio y un arte; es la búsqueda de lo superficial por aquellos que habiendo advertido la imposibilidad de toda certeza, han adquirido asco por ella; es la huida lejos de esos abismos naturalmente sin fondo que no pueden llevar a ninguna parte.
Quedan, sin embargo, las apariencias: ¿por qué no alzarlas al nivel de un estilo? Esto es lo que permite definir a toda época inteligente. Se llega a conceder más prestigio a la expresión que al alma que la sustenta, a la gracia que a la intuición; la emoción misma se vuelve cortés. El ser entregado a sí mismo, sin ningún prejuicio de elegancia, es un monstruo; no encuentra en sí más que zonas obscuras, donde rondan, inminentes, el terror y la negación. Saber, con toda su vitalidad, que uno se muere y no poder ocultarlo, es un acto de barbarie. Toda filosofía sincera reniega de los títulos de la civilización, cuya función consiste en tamizar nuestros secretos y disfrazarlos de efectos buscados. Así, la frivolidad es el antídoto más eficaz contra el mal de ser lo que se es: merced a ella engañamos al mundo y disimulamos la inconveniencia de nuestras profundidades. Sin sus artificios, ¿cómo no enrojecer de tener un alma? Nuestras soledades a flor de piel, ¡qué infierno para los otros! Pero es siempre para ellos y a veces para nosotros mismos para quien inventamos nuestras apariencias...
Desaparecer en Dios
El espíritu que cuida su esencia distinta está amenazado a cada paso por las cosas a las que se rehúsa. Cuando la atención el más grande de sus privilegios le abandona, cede a las tentaciones de las que ha querido huir, o se hace presa de misterios impuros... ¿Quién no conoce esos miedos, esos estremecimientos, esos vértigos que nos aproximan a la bestia y a los problemas postreros? Nuestras rodillas tiemblan sin doblarse; nuestras manos se buscan sin juntarse; nuestros ojos se elevan y no divisan nada... Conservamos este orgullo vertical que reafirma nuestro valor; este horror de los gestos que nos preserva de las efusiones; y el socorro de los párpados para cubrir miradas ridículamente inefables. Nuestro desliz está próximo, pero no es inevitable; el accidente curioso, pero nada nuevo; una sonrisa apunta ya en el horizonte de nuestros terrores... , no nos desplomaremos en la oración... Pues, a fin de cuentas, El no debe triunfar; su mayúscula debe ser comprometida por nuestra ironía; los escalofríos que dispensa, que sean disueltos por nuestro corazón.
Si verdaderamente tal ser existiese, si nuestras debilidades primasen sobre nuestras resoluciones y nuestras profundidades sobre nuestros exámenes, entonces ¿por qué pensar todavía, si nuestras dificultades estarían ya resueltas, nuestras interrogaciones suspendidas y nuestros espantos apaciguados? Sería demasiado fácil. Todo absoluto personal o abstracto es una forma de escamotear los problemas; y no sólo los problemas, sino también su raíz, que no es otra que un pánico de los sentidos.
Dios: caída perpendicular sobre nuestro espanto, salvación cayendo como un rayo en medio de nuestras búsquedas que ninguna esperanza engaña, anulación sin paliativos de nuestro orgullo desconsolado y voluntariamente inconsolable, encaminamiento del individuo por un apartadero, paro del alma por falta de inquietudes...
¿Qué mayor renuncia que la fe? Es cierto que sin ella uno se aventura en una infinidad de callejones sin salida. Pero incluso sabiendo que nada puede llevar a nada, que el universo es solamente un subproducto de nuestra tristeza, ¿por qué sacrificaríamos ese placer de tropezar y rompernos la cabeza contra la tierra y el cielo?
Las soluciones que nos propone nuestra cobardía ancestral son las peores deserciones a nuestro deber de decencia intelectual. Equivocarse, vivir y morir engañados, he ahí lo que hacen los hombres. Pero existe una dignidad que nos preserva de desaparecer en Dios y que transforma todos nuestros instantes en oraciones que jamás haremos...
____Acerca de Breviario De Podredumbre : (Précis de décomposition) es un libro escrito en 1949 por Émile Michel Cioran.
Fue el primer libro que escribió Cioran en francés como un reto hacia su idioma de adopción. Es un libro difícil de clasificar y de sintetizar. Está escrito en forma de aforismos y dividido en seis partes:
Breviario de podredumbre
El pensador de ocasión
Rostros de la decadencia
La santidad y las muecas de lo absoluto
El decorado del saber
Abdicaciones
Para descargar el libro completo clic aqui!!! (Si por A o B te pide contraseña, buscala en el comentario)
Gracias.
El pensamiento es destrucción en su esencia. Más exactamente, en su principio. Se piensa, se comienza a pensar, para romper las ligaduras, disolver las afinidades, comprometer la armazón de "lo real". Sólo después, cuando el trabajo de zapa está muy avanzado, el pensamiento se domina y se insurge contra su movimiento natural
Citas:
Amor es ese afecto desengañado que sobrevive tras un instante de baba...
___
Siempre tenemos la impresión de que podríamos hacer mejor lo que los otros hacen. Desgraciadamente, no tenemos el mismo
sentimiento hacia lo que nosotros mismos hacemos...
___
Desconfíen del rencor de los solitarios que dan la espalda al amor, a la ambición, a la sociedad. Se vengarán un día de haber
renunciado a todo eso...
___
Los días no adquieren sabor hasta que uno escapa a la obligación de tener un destino...
8/6/10
Desgarradura (Fragmento)
Tras tantas conquistas y hazañas de toda índole, el hombre comienza a quedarse anticuado. Merece todavía algún interés en la medida en que se encuentra acosado y acorralado y se hunde cada vez más. Si persevera es porque no tiene fuerzas para capitular, para interrumpir esa deserción hacia adelante que es la historia, dado que ha adquirido ya una especie de automatismo en el declive. Nunca sabremos con exactitud lo que se ha desgarrado en él, pero la desgarradura está ahí. Podría alegarse que estaba desde el principio. Probablemente, pero en ese caso apenas esbozada y el hombre, todavía fuerte, se adaptaba a ella sin dificultad. No era aún esta brecha abierta, resultado de un largo trabajo de autodestrucción, especialidad de un animal subversivo que, empeñado durante tanto tiempo en destruirlo todo, tenía que acabar aniquilándose a sí mismo. Subversión de sus fundamentos (que es en lo que acaba todo análisis, psicológico o de cualquier otra clase), de su "yo", de su estado de sujeto: sus rebeliones disimulan los golpes que a sí mismo se asesta. Lo que es indudable es que está herido en lo más profundo de su ser, podrido en sus raíces. Uno no se siente verdaderamente hombre más que cuando toma conciencia de esta podredumbre esencial, parcialmente encubierta hasta ahora, pero cada vez más perceptible, sobre todo desde que el hombre ha sacado a la luz sus propios secretos. A fuerza de volverse transparente a sí mismo no podrá ya emprender ni "crear" nada; será su clarividencia, la exterminación de su inocencia, lo que acabe con él. ¿Dónde podría encontrar aún la energía necesaria para perseverar en una obra que le exige un mínimo de frescura y obnubilación? Aunque a veces logre engañarse respecto a sí mismo, nada ya consigue engañarle acerca de la aventura humana. ¡Qué necedad sostener que el hombre no ha hecho más que comenzar! Escoria casi sobrenatural, se dirige hacia una condición límite: un sabio roído por la sabiduría... Podrido y gangrenado, como todos lo estamos, avanzando en masa hacia una confusión sin precedentes, en medio de la cual nos levantaremos unos contra otros como bobos convulsivos, como fantoches alucinados, pues, cuando todo haya llegado a ser imposible e irrespirable para todos, nadie se dignará vivir si no es para exterminar y exterminarse. El único frenesí del que seremos aún capaces será el frenesí del final. Después, una vez interpretados los papeles y abandonada la escena, alcanzaremos una forma suprema de estancamiento en la que podremos rumiar el epílogo a nuestras anchas.
Lo que repugna de la historia es pensar que, según una conocida expresión, lo que vemos hoy será historia un día... Debería importarnos un bledo lo que sucede: no conseguirlo es prueba de desequilibrio. Pero si nos armamos de desprecio, ¿cómo vamos a realizar algo? El auténtico historiador, ser hipersensible disfrazado de objetividad, sufre y se empeña en sufrir; por eso se halla tan presente en sus relatos o en sus diagnósticos.
En lugar de mirar desde arriba los horrores que describía, Tácito se zambulló en ellos y los engrandeció con fruición, como un acusador fascinado. Sediento de anomalías, se aburría en cuanto la injusticia y el crimen disminuían. Como más tarde Saint Simon, conocía la voluptuosidad de la indignación, los placeres de la rabia. Hume le creía el espíritu más profundo de la antigüedad digamos que es el más vivo y el más cercano a nosotros también, por la calidad de su masoquismo, vicio o don indispensable para todo aquel que quiera observar los asuntos humanos, tanto si se trata de simples sucesos como del Juicio final.
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