11/9/12

Memorias de una Pulga, CAPÍTULO II (Olor a tranquilo claustro de convento, te reto a que pruebes el poder de mi deseo)





Bella no volvió ha hacer más preguntas, había quedado como hipnotizada, tanto con la explicación como con la demostración, sin embargo su lujurioso instinto le había permitido disfrutar la descripción hecha por su confesor al comparar la masturbación que él le había hecho a ella con la que ella estaba haciendo en ese momento con su boca y ahora estaba por completo a merced del sacerdote para llevar al cumplimiento el final de ese acto cuyo desenlace y consecuencias solo conocía gráficamente a través de videos y revistas eróticas. 

Excitada tanto por la vista como por el contacto de tan notable objeto, que tenía asido con verdadero deleite en su boca, la joven se dedicó a succionar, frotar y exprimir con sus labios el enorme y tieso miembro, de manera que proporcionaba al licencioso cura el mayor de los goces, pero no contenta con friccionarlo con sus delicados labios, Bella, dejando escapar un suspiro de devoción y satisfacción, llevó la espumeante cabeza tan adentro que la introdujo hasta donde le fue posible, con la esperanza de provocar con sus toques y con las suaves caricias de su lengua y su garganta la deliciosa eyaculación que debía sobrevenir. 

Esto era más de lo que el santo varón había esperado, ya que nunca supuso que iba a encontrar una discípula tan bien dispuesta para el irregular ataque que había propuesto. Despertadas al máximo sus sensaciones por el delicioso cosquilleo de que era objeto, el sacerdote se disponía a inundar la boca y la garganta de la muchachita con el flujo de su poderosa descarga. 

Sin embargo este santo varón era uno de esos seres excepcionales, cuya abundante eyaculación seminal es mucho mayor que la de los individuos normales. No sólo estaba dotado del singular don de poder repetir el acto venéreo con intervalos cortos, sino que la cantidad con la que terminaba su placer era tan tremenda como desusada. La exagerada superabundancia de sus descargas parecía estar en proporción al modo en que habían sido despertados sus instintos animales y cuando sus deseos libidinosos habían sido prolongados e intensos, sus emisiones de semen lo eran igualmente. 

Fue en estas circunstancias que la dulce Bella había emprendido la tarea de dejar escapar los contenidos torrentes de lujuria de aquel hombre e iba a ser su dulce boca la receptora de los espesos y viscosos chorros que hasta el momento no había experimentado e ignorante como se encontraba de los resultados del alivio que tan ansiosa estaba de administrar, la hermosa doncella deseaba la consumación de su labor. 

Pero por salaz que fuera la jovencita, las continuas emisiones de semen que exudaba el miembro del padre Ambrosio pronto la hicieron desistir, por lo que estiró su cuello hacía atrás para librarse. 

— ¡Hug!... Ya no padrecito… Por favor. — Exclamaba Bella dejando ver las viscosas muestras de semen en sus labios y su lengua. 

Pero el enardecido sacerdote la volvió a tomar de la cabeza introduciendo su erecto miembro en una clara demostración de que ella no era la que mandaba, forzándola a seguir con esa libidinosa acción domándola como a las rameras principiantes, cuando aturdidas por la ebriedad caen en manos de un exigente y experimentado cliente que sabe muy bien que bajo esas circunstancias la agresión y el enojo terminan por poner de rodillas a una chica, la cual presa de esa extraña mezcla de placer y temor es llevada gradualmente a un estado de excitación tal que pronto se da cuenta de que lo que realmente la tiene atrapada es su propia naturaleza femenina, que la hace disfrutar hasta lo indecible con el dominio de su enfurecido agresor. 

El exuberante miembro del sacerdote engrosaba y se enardecía cada vez más a medida que los excitantes labios de Bella apresaban su anchurosa cabeza y su lengua jugueteaba en torno al pequeño orificio provocando en el engrosado miembro una excitación que se traducía en una continua espermatorrea que la chica tenía que conducir hacía su garganta, hasta que el continuo goteo de semen que se acumulaba era tragado mientras apretaba sus hermosos parpados con fuerza expresando con su bello rostro el esfuerzo que le costaba cumplir con esa difícil penitencia. 

Dos veces Bella retiró su cabeza apartándose de ese miembro que no paraba de lechar, sin embargo Ambrosio volvía a someterla introduciendo en los sonrosados labios de la muchacha ese enorme y espumante miembro obligándola a que continuara dando ese prolongado e interminable “beso de leche”, hasta que incapaz ya de aguantar los deseos de venirse al delicioso contacto de esos abultados y carnosos labios, Ambrosio colocó sus manos tras la nuca de Bella asegurándola para que no se separara más de él. Y habiendo al parecer alcanzado un máximo de dominio sobre la chica, el excitado sacerdote introdujo ese monstruoso miembro cuanto pudo hasta sentir la presión de la fina y bella garganta de su penitente y entonces el buen padre sintió como la chica succionaba con mayor energía que antes el tieso dardo, haciendo con su cabeza rápidos movimientos para simular con su boca el mismo jaloneo que el padre Ambrosio había hecho con su puño. La intención de la jovencita era acabar cuanto antes con ese libidinoso juego en el que la tenía atrapada el excitado sacerdote. 

Instantáneamente se produjo un envaramiento en las extremidades del buen padre. Su cuerpo se proyecto hacía adelante presionando la garganta de su joven penitente, que en ese momento tenía la cabeza recargada en una cómoda almohada. Las manos del enardecido sacerdote se agarraron convulsivamente de la nuca de Bella para detener sus movimientos, presionando su garganta. 

— ¡Dios santo! ¡Me voy a venir! —exclamó el sacerdote al tiempo que con los labios entreabiertos y los ojos vidriosos lanzaba una última mirada a su inocente víctima. Después se estremeció profundamente y entre lamentos y entrecortados gritos histéricos, su potente miembro por efecto de la provocación de la jovencita, comenzó a expeler torrentes de espeso y viscoso fluido. 

Bella, comprendía por los chorros que uno tras otro resbalaban garganta abajo, así como por los gritos de su compañero, que éste disfrutaba al máximo los efectos de lo que ella había provocado. La jovencita siguió succionando y apretujando hasta que, llena de las descargas viscosas y semiasfixiada por su abundancia, se vio obligada a soltar aquella jeringa humana que continuaba eyaculando a chorros sobre su rostro. 

– ¡Madre santa! — Exclamó Bella tosiendo varias veces Tenía el cabello y la cara inundados de la blanca y viscosa leche del padre — ¡Qué barbaridad padrecito! ¡Creo que me tragué más de la mitad!... ¡Que lechada me ha dado!... Esto solo lo había visto en los videos para adultos; pero jamás me imaginé que yo iba a hacerlo. 

El padre Ambrosio, demasiado agitado para poder contestar, veía complacido como su joven discípula separaba su cabeza de la almohada para deslizar sus labios por todo el largo de ese endurecido miembro, lamiendo y relamiendo incansablemente el pegajoso y blanco semen que aún erupcionaba por la punta de esa descomunal erección. 

Pasado un rato el robusto sacerdote se incorporaba poniendo una de sus manos en el hombro de Bella mientras con la otra empuñaba su todavía excitado miembro con el que hacía libidinosas caricias en los desnudos senos de la jovencita, la cual con su acostumbrada sensualidad para hablar le susurró en voz baja palabras de invitación al dialogo, observando, al hacerlo el efecto que causaban en el respetable miembro del padre Ambrosio, que de nuevo adquiría la acostumbrada rigidez con la que empezó la contienda. 

— ¡Padre!… ¡Padrecito!… ¿Puedo considerarme por fin perdonada?... ¿Estoy libre de castigos?... o… ¿hay alguna otra cosa que quiera que yo haga? 

Era evidente lo mucho que la hermosura de la joven Bella, así como la inocencia e ingenuidad de su carácter excitaban al ya de por sí sensual sacerdote. Saberse triunfador de tener entre sus manos a esa tierna y sensual chiquilla, absolutamente impotente y temerosa, la delicadeza, sensualidad y refinamiento de la muchacha, todo ello conspiraba al máximo para despertar sus licenciosos instintos y sus degenerados deseos. Era suya, suya para gozarla a voluntad, suya para satisfacer cualquier capricho de su insensata lujuria Tras las acciones consumadas, esta vez la dulce chiquilla estaba lista para entregarse a los más desenfrenados actos de corrupción, que en su lujuriosa mente, el sacerdote había planeado paso a paso. Así que sujetándola con firmeza del hombro y deslizando esa caricia hacía el cuello con su enorme y caliente mano, le contesto: 

— ¡Desde luego que no hija mía! — Exclamó Ambrosio, cuya lujuria, de nuevo encendida, volvía a asaltarle violentamente ante tal solicitud — El perdón total y absoluto que quieres, aún esta muy lejos en el horizonte, pero te aseguro que ya has dado el primer y más importante paso con el que sin duda lo alcanzarás. La penitencia de tu falta no puede terminar con tan solo esto mi dulce chiquilla, el siguiente paso que tendrás que dar dentro de esta penitencia que ya has empezado y para la cual ya no hay marcha atrás, será acoplarnos cuerpo a cuerpo para un apareamiento normal, acción que como ya sabes, consiste en la penetración de tu cuerpo por un miembro masculino y según sé por tus últimas confesiones, has estado buscando quien te inicie en ésta actividad. Por otra parte, siendo la primera vez que lo haces, y tomando en cuenta el tamaño de burro con el que te vas a acoplar, debo advertirte que sufrirás al grado del llanto en cuanto empecemos. 

— ¡Padre!... es que… no lo sé, no vengo preparada para eso — Inquirió Bella. 

Por lo que el buen padre tranquilizándola, le dijo: 

— No debes temer, hija mía, se bien cual es tu preocupación. En cuanto a la protección anticonceptiva que ya te aclaré que está prohibida por la iglesia, te diré que de acuerdo a tus confesiones conozco bien tus ciclos menstruales los cuales son perfectamente regulares y en este momento estas disponible para no incurrir en riesgo alguno para el acto que estamos por realizar, el cual será la cópula natural practicada por los matrimonios con fines reproductivos. De no haber sido así, tendríamos que continuar con otro acto todavía más doloroso, el cual no dudes que tendré que practicártelo más adelante, aunque haciendo honor a la verdad, debo decirte que una vez acoplados, te haré disfrutar como no tienes una idea, si crees que la masturbación que te practiqué fue placentera para tu cuerpo, ésta palidecerá cuando conozcas el orgasmo copular, que solo se logra a través de estos actos con los que vas a expiar tu culpa. 

Excitada por la seductora explicación, y sabedora de que para ella no había otra salida que acceder a las peticiones del buen sacerdote, Bella aceptó de inmediato. 

— ¡Está bien padrecito!... ¡Lo soportaré todo! — Replicó Bella — ¡Tiene usted razón!, deseo experimentar esa dicha que he estado buscando y que estoy ansiosa por conocer. 

— ¡Pues desnúdate Bella! — Ordenó el padre Ambrosio — Quítate todo lo que pueda entorpecer o trabar nuestros movimientos, que te aseguro serán en extremo violentos. 

Cumpliendo la orden, Bella se despojó rápidamente de sus vestidos y buscando complacer a su confesor con la plena exhibición de sus encantos a fin de que su miembro se alargara en proporción a lo que ella mostrara de sus desnudeces, se despojó de hasta la más mínima prenda interior, para quedar tal como vino al mundo. 

El padre Ambrosio quedó atónito ante la contemplación de los encantos que se ofrecían a su vista. La amplitud de esas caderas, los capullos de sus senos, la nívea blancura de su piel, suave como el satín, la redondez de sus nalgas y lo rotundo de sus muslos, el blanco y plano vientre con su adorable monte y por sobre todo, la encantadora hendidura rosada que destacaba debajo del mismo, asomándose tímidamente entre los muslos, hicieron que él buen padre se lanzara sobre la joven con un rugido de león hambriento. 

Ambrosio atrapó a su víctima entre sus brazos. Oprimió su cuerpo suave y deslumbrante contra el suyo. La cubrió de besos lúbricos, y dando rienda suelta a su licenciosa labia, prometió a la jovencita todos los goces del paraíso mediante la introducción de su gran aparato en el interior de su vulva. 

Bella acogió estas palabras con un gritito de placer y cuando su excitado estuprador la acostó sobre sus espaldas sentía ya la anchurosa y tumefacta cabeza del gigantesco pene presionando los calientes y húmedos labios de su virginal orificio. El santo varón comenzó a empujar hacia adentro con todas sus fuerzas, hasta que la gran nuez de la punta se llenó de humedad secretada por la sensible vaina. 

La pasión enfervorizaba a Bella. Los esfuerzos del padre Ambrosio por alojar la cabeza de su miembro entre los húmedos labios de su rendija en lugar de disuadiría la espoleaban hasta la locura y finalmente, profiriendo un débil grito, la chica se inclinó hacia adelante expulsando el delicioso tributo de su lascivo temperamento. Esto era exactamente lo que el desvergonzado sacerdote esperaba. En cuanto la dulce y caliente emisión de su bella penitente humedeció la tremendamente endurecida punta de su miembro, empujó resueltamente 

— ¡Ohuu!… Padrecito… esto duele… ¡Uff!… ¡Oh Dios!... No se si pueda. — Se quejaba Bella clocando sus manos en los musculosos brazos del sacerdote, pero el primer avance de la penetración ya se había producido presionando con fuerza el elástico sello de virginidad que amenazaba con romperse en cualquier momento. 

— Iremos despacio preciosa, muy pero muy despacio. — Aclaró Ambrosio cuya ansiosa excitación era más que evidente tanto por la expresión de su rostro como por su agitada respiración. — Extiende tus piernas y coloca tus manos en este tronco para que lo sujetes, así, eso es, como si tu te lo estuvieras clavando. 

Bella había tomado el tronco de esa enorme verga con ambas manos colocando un puño encima del otro para evitar la penetración completa como le había indicado el sacerdote. Un empujón más y otro avance se produjo en la introducción, ahora Bella lanzaba el grito de dolor que anunciaba la perdida irreparable de su virginidad, un par de avances más se produjeron y de un solo golpe Ambrosio introdujo el resto de su voluminoso apéndice en el interior de la hermosa muchacha teniendo como límite las empuñadas y pequeñas manos de Bella que seguían crispadas a esa monumental erección. 

— ¡Ohuuu!... ¡No!... ¡Pare!, ¡Pare por favor padrecito! — Suplicaba Bella al sentir el decidido avance que aplastaba sus manos mientras sus piernas extendidas a ambos lados del sacerdote temblaban de dolor sin aportar ningún movimiento de defensa. 

Pero el marrullero sacerdote que sabía bien que a esas alturas del juego esta víctima ya era suya, empujó resueltamente mientras la sujetaba de las piernas con ambas manos sin preocuparse de los esfuerzos que la chica hacía por seguir poniendo un límite a la inevitable entrada, la cual tuvo que permitir poco a poco, cediéndole terreno al ansioso sacerdote, hasta que tuvo que soltar por completo ese respetable miembro para colocar sus manos en el velludo pecho del sacerdote, como si quisiera con esa acción seguir limitando el brutal ataque al que estaba siendo sometida. 

Sin embargo, una vez que Bella se sintió empalada por la entrada de la mitad de ese terrible miembro en el interior de su tierno cuerpo, perdió el poco control que conservaba, y olvidándose del dolor que sufría rodeó con sus piernas las espaldas del sacerdote y alentó a su enorme invasor a no guardarle consideraciones. 

— Mi tierna y dulce chiquilla —murmuró el lascivo sacerdote—. Mis brazos te rodean, mi arma está hundida a medias en tu vientre. Pronto serán para ti los goces del paraíso. 

Las partes de Bella se relajaron un poco y Ambrosio pudo penetrar unos centímetros más. Su palpitante miembro húmedo y desnudo, había recorrido la mitad del camino hacia el interior de la jovencita. El placer del sacerdote era intenso y la cabeza de su instrumento estaba deliciosamente comprimida por la vaina de Bella. 

— ¡Adelante, padrecito! Estoy segura que puedo con todo. — Exclamó Bella. 

El confesor no necesitaba de este aliento para inducirlo a poner en acción todos sus tremendos poderes copulatorios. Empujó frenéticamente hacia adelante, y con cada nuevo esfuerzo sumió su cálido pene más adentro, hasta que, por fin, con un golpe poderoso lo enterró hasta los testículos en el interior de la vulva de Bella. Esta furiosa introducción por parte del brutal sacerdote fue más de lo que su frágil víctima, animada por sus propios deseos pudo soportar. Con un desmayado grito de angustia física, Bella anunció que su estuprador había vencido toda la resistencia que su juvenil carne había opuesto a la entrada de ese miembro y la tortura de la forzada introducción de aquella masa borro la sensación de placer con que en un principio había soportado el ataque. Enseguida Ambrosio lanzó un rugido de alegría al contemplar la hermosa presa que su serpiente había mordido. Gozaba con la víctima que tenía empalada con su enorme ariete, sentía el enloquecedor contacto con inexpresable placer mientras veía a la hermosa muchacha estremecerse por la angustia de su violación. Su natural impetuoso había despertado por entero. Pasare lo que pasare, disfrutaría hasta el máximo. Así pues, estrechó entre sus brazos el cuerpo de Bella y la agasajó con toda la extensión de su inmenso miembro. 

— Hermosa mía, realmente eres incitante. Tú también tienes que disfrutar. Te daré toda la leche que he acumulado en la espera paciente de este momento. Pero antes vamos a jugar un poco con todos estos encantos que tan bien desarrollados tienes a tu corta edad. Ahora preciosa regálale unos besitos a tu confesor, que luego yo probare con mis labios y dientes la dureza de tus encendidos senos, que según veo están que revientan por la excitación. 

Bella obedeció aplicando con la punta de sus labios pequeños besos de niña al picante rostro del excitado sacerdote mientras este le extendía los brazos para sujetarle las muñecas de ambas manos a unas cintillas de amarre previamente colocadas para ese fin y una vez que la penitente estuvo atada y con sus brazos extendidos, dejó caer su cabeza hacia atrás para casi de inmediato sentir como caía sobre ella un verdadero diluvio de besos que la hacían retorcerse de placer y tironear con fuerza los amarres de sus manos. 

— ¡Ohu!... Padrecito… ¡Por favor!... ¡Por favor!... Siento como que me muero… ¡Me muero! 

Era la primera vez que Bella era agasajada por un hombre, pero este no era un agasajo de novios, pues tratándose de nuestro buen padre Ambrosio este era uno de los más bestiales y abusivos agasajos. Sin ningún miramiento pudor o delicadeza el buen padre saciaba por completo el ansioso deseo que las hermosas formas de ese juvenil cuerpo despertaban en él. 

Firmemente empotrado en aquella apretada vaina y saboreando profundamente los deliciosos encantos de esa flor, Ambrosio no era hombre que fuera a detenerse ante falsos conceptos de piedad, inmediatamente empezó a moverse, mientras lo hacía podía sentir la suma estrechez de los cálidos pliegues de carne en los que estaba encajado y empujó clavándose fuertemente con cada impulso de entrada sin preocuparse por el dolor que su miembro provocaba a su victima, sólo predominaba en él su ansioso deseo de procurarse el máximo deleite posible haciendo pausas solo para rociar de besos los abiertos y temblorosos labios de la pobre Bella. 

Por espacio de unos minutos no se oyó Otra cosa que los jadeos y sacudidas con los que el lascivo sacerdote se entregaba a darse satisfacción y el glu–glu de su inmenso pene cuando entraba y salía del sexo de la bella penitente. 

Pero la naturaleza hacía valer sus derechos también en la persona de la joven Bella. El dolor de la dilatación se vio bien pronto atenuado por la intensa sensación de placer provocada por la vigorosa arma del santo varón y no tardaron los quejidos y lamentos de la linda chiquilla en entremezclarse con sonidos medio sofocados que desde lo más hondo de su ser expresaban el extremo deleite que esos vigorosos movimientos le provocaban. 

— ¡Padre! ¡Padrecito, mi querido y generoso padrecito!.. . ¡Oh!... ¿qué es lo que siento? 

El lujurioso sacerdote veía con una amplia y maliciosa sonrisa el efecto que le provocaba a la linda chiquilla con el desahogo de su propio placer mientras continuaba moviéndose furiosamente hacia adelante y hacia atrás, penetrando a Bella en cada nueva embestida con todo el largo de su miembro, el cual hundía hasta los rizados pelos del tronco raíz de su enorme verga. 

Al cabo, Bella no pudo resistir más y obsequió al excitado violador una cálida emisión que humedeció todo su rígido miembro. Resulta imposible describir el frenesí de lujuria que en aquellos momentos se apoderó de la joven y encantadora Bella. Se aferró con desesperación al fornido cuerpo del sacerdote, que agasajaba a su voluptuoso y angelical cuerpo con toda la fuerza y poderío de sus viriles estocadas y lo alojó en su estrecha y resbalosa vaina hasta los testículos. Pero ni aún en su éxtasis Bella perdió nunca de vista la perfección del goce. El santo varón tenía que expeler su semen en el interior de ella, tal como él se lo había descrito y la sola idea de ello añadía combustible al fuego de su lujuria. 

El padre Ambrosio hundió hasta la raíz su miembro de semental en la vulva de Bella, para anunciar entre suspiros que al fin llegaba la leche, la excitada muchacha se abrió de piernas todo lo que pudo y en medio de gritos de placer recibió la descarga del buen padre en sus órganos vitales. 

Así permaneció el buen padre por espacio de varios segundos, clavado en las entrañas de su victima, ejecutando el reflejo de adentrarse cuanto podía, eyaculando una tras otra sus descargas de semen, cada una de las cuales era recibida por Bella con profundas manifestaciones de placer traducidas en gritos y contorsiones. Tras las violentas emociones la jovencita sentía que había quedado completamente lechada y quedó como muerta, con la cabeza caída hacía atrás y el cuerpo en actitud de total abandono, el impacto emocional de esa extraña y novedosa sensación la había dejado postrada, completamente inerte y a merced de los abusivos agasajos que el lujurioso sacerdote seguía dándole a su tembloroso cuerpo. Bella por fin había conocido el Orgasmo y como bien le dijo su confesor, esa sensación hacía palidecer por completo todas las anteriores excitaciones que había experimentado en su cuerpo. No obstante el hecho de haber terminado, el buen sacerdote no tenía en absoluto intenciones de desmontar a la recién desflorada chica, cabe mencionar que su capacidad para repetir estos actos copulares en forma natural ya de por si era notable en el buen padre, pero en esta ocasión en la que se había preparado en forma tan especial debido a que había tomado fármacos para prolongar la erección antes de la cita con Bella, los poderes copulatorios de este sacerdote apenas empezaban a desatarse y ahora Bella tendría que gozar tantas veces como el sacerdote necesitara para mitigar esa espantosa lujuria.

1 comentario:

  1. Bastante torcido, no muy alejado de la realidad.
    Inquietante y estimulante lectura.

    ResponderEliminar